Mucho antes de ser conocido como el Profeta del Eco de la Escarcha, Caelys era un respetado hechicero de las regiones heladas del norte. Fascinado por los misterios ocultos bajo las montañas eternamente cubiertas de nieve, dedicó su vida al estudio de los vientos, las tormentas y las propiedades arcanas del hielo ancestral. Mientras otros magos buscaban poder a través de los Dominios Arcanos o de las entidades conocidas, Caelys creía que las respuestas más antiguas estaban escondidas en las profundidades congeladas del mundo.
Fue durante sus expediciones que oyó por primera vez los susurros del Valle del Silbido Gélido.
Los habitantes de la región decían que el viento llevaba voces. Lamentos. Fragmentos de conversaciones imposibles de entender. Historias antiguas contadas sin descanso por las ventiscas eternas. Muchos lo consideraban superstición. Otros creían que eran espíritus atrapados en el hielo. Caelys, sin embargo, vio algo diferente.
Él creía que aquellas voces eran ecos preservados por el propio mundo.
Pero ese descubrimiento trajo consigo una pregunta perturbadora.
Si aquellos ecos existían desde tiempos inmemoriales, ¿quién los había aprisionado allí?
¿Y por qué motivo?
Obsesionado con la posibilidad de encontrar la respuesta, Caelys pasó años desarrollando runas capaces de aprisionar corrientes enteras de viento y fragmentos de tormentas. Su objetivo era capturar los ecos del valle y estudiarlos directamente, convencido de que por fin revelaría un secreto perdido desde el origen de la creación.
Sin embargo, cuando el ritual se completó, nada salió como lo había planeado.
Las runas no capturaron los ecos.
Los liberaron.
Miles de voces rompieron las capas de hielo ancestral y atravesaron su mente en un único instante. Recuerdos de pueblos desaparecidos, últimos pensamientos de reyes olvidados, secretos arcanos perdidos, lamentos de criaturas extintas y fragmentos de acontecimientos tan antiguos que ni siquiera pertenecían a la historia registrada.
La avalancha de conciencias debería haberlo destruido.
Pero no lo destruyó.
Lo maldijo.
Los ecos encontraron en Caelys un nuevo receptáculo.
A partir de aquel día, nunca volvió a estar solo.
Cada voz pasó a habitar su mente. Cada recuerdo se volvió parte de sus pensamientos. Cada lamento encontró refugio dentro de su alma. Con el paso de los años, se volvió imposible distinguir qué recuerdos eran suyos y cuáles pertenecían a las incontables conciencias aprisionadas en su interior.
Su personalidad empezó a desaparecer lentamente. Los amigos relataban cambios extraños en su comportamiento. A veces hablaba como un sabio de una era olvidada. En otras ocasiones usaba idiomas que jamás había estudiado. Había momentos en que parecía recordar acontecimientos ocurridos siglos antes de su nacimiento.
Poco a poco, Caelys dejó de ser un hombre.
Se convirtió en una multitud.
Fue entonces cuando surgieron las profecías.
Las voces exigían ser oídas. Secretos ocultos eran revelados a través de sus labios. Reyes recibían advertencias sobre su caída. Conjuradores aprendían verdades que jamás deberían haber conocido. Muchos empezaron a llamarlo Profeta, pero pocos comprendían la realidad.
Caelys ya no hablaba por sí mismo.
Era apenas el instrumento a través del cual los ecos anunciaban lo que deseaban.
Hoy, el Profeta habita el Valle del Silbido Gélido, rodeado por las mismas ventiscas que un día lo condenaron. Los vientos siguen llevando voces antiguas, y quienes se acercan demasiado a menudo regresan distintos de lo que eran.
Algunos creen que Caelys todavía existe en algún lugar dentro de esa masa de conciencias.
Otros afirman que el hombre murió hace mucho tiempo.
La verdad es que nadie lo sabe con certeza.
Ni siquiera el propio Caelys.
Continuará...

