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Conjuradores

Maelzhar, el Guardián del Vacío

La historia de Maelzhar, el erudito de Arcus que cruzó el Velo Prismático en busca de lo que existe más allá de la muerte y regresó con el Códice de la Profanación.

Portada de Maelzhar, el Guardián del Vacío

Mucho antes de que su nombre se asociara a los muertos, a las almas perdidas y a los secretos prohibidos, Maelzhar era conocido como uno de los investigadores más brillantes del Reino de Arcus.

Erudito, dedicado y consumido por una curiosidad insaciable, pasó gran parte de su vida estudiando los misterios de la Anima, los fragmentos olvidados de la creación y las regiones ocultas más allá del Velo Prismático. Mientras otros magos buscaban perfeccionar hechizos o ganar prestigio en las cortes arcanas, Maelzhar perseguía preguntas que pocos se atrevían a formular.

¿Qué existía más allá de la muerte?

¿Hacia dónde fluían las almas cuando abandonaban sus cuerpos?

¿Y qué verdades permanecían ocultas en los abismos que separaban los mundos?

Movido por esas dudas, abandonó las comodidades de Arcus e inició un viaje que lo llevaría más allá de los límites conocidos de la realidad. Registros fragmentados cuentan que Maelzhar atravesó ruinas olvidadas, portales inestables y regiones donde la propia Anima parecía corrompida. Algunos afirman que desapareció durante años. Otros creen que fueron décadas.

Cuando por fin regresó, trajo consigo un único artefacto.

Un libro.

Antiguo, sin título conocido, envuelto en cadenas negras y símbolos que no pertenecían a ningún idioma mortal.

Maelzhar lo llamó Códice de la Profanación.

Nadie sabe con certeza de dónde vino el libro. Algunos creen que fue encontrado en las profundidades del Abismo. Otros juran que el propio tomo lo encontró primero.

Al principio, el Códice parecía solo una colección de conocimientos olvidados. Sus páginas contenían rituales imposibles, relatos sobre entidades ancestrales y observaciones sobre la naturaleza de las almas que contradecían siglos de estudios arcanos.

Pero, con cada lectura, algo cambiaba.

Sus colegas lo notaron primero.

Las noches se volvieron más largas.

Las respuestas, más vagas.

Los silencios, más frecuentes.

Maelzhar empezó a hablar solo en idiomas desconocidos y a registrar observaciones sobre lugares que no existían en ningún mapa. Sus estudios dejaron de seguir la lógica de los sabios de Arcus y pasaron a obedecer patrones que solo él comprendía.

O tal vez el propio libro.

Con el paso de los años, la frontera entre conocimiento y obsesión desapareció. Su mente se volvió cada vez más turbia, sus actitudes más impredecibles, y su sentido de la realidad empezó a deshacerse como niebla ante el amanecer.

Aun así, siguió leyendo.

Siguió aprendiendo.

Siguió escuchando.

Pues en las páginas del Códice había respuestas que ningún mortal había encontrado antes.

Y, para Maelzhar, eso era suficiente.

Los estudiosos de Arcus registran que fue en ese período cuando abandonó definitivamente los caminos de la magia convencional. Sus experimentos pasaron a involucrar almas fragmentadas, ecos de recuerdos olvidados y fuerzas que ni siquiera deberían ser tocadas por manos mortales.

Poco a poco, el investigador desapareció.

En su lugar quedó solo Maelzhar.

Un hombre dispuesto a cruzar cualquier límite, desafiar cualquier verdad y sacrificar cualquier certeza en busca del conocimiento oculto más allá de la creación.

Pues tras abrir el Códice de la Profanación, sus investigaciones dejaron de buscar respuestas.

Pasaron a buscar aquello que jamás debería ser descubierto.

Continuará...